Lo que pierde la infancia cuando deja de jugar libremente

Hace más de diez años, el proyecto Imagine Elephants me abrió los ojos sobre algo que entonces me pareció importante y que hoy me parece urgente: el lugar que el juego está perdiendo en la vida de la infancia.

Quienes habéis hecho el curso Intervención con juego en psicoterapia infanto-juvenil sabéis que hablo de este proyecto al inicio de la formación. Para mí fue una llamada de atención sobre algo que parece obvio, pero que a veces olvidamos: la infancia necesita jugar.

Jugar forma parte de lo importante.

Y me da cierta tristeza comprobar que el mensaje de Imagine Elephants sigue plenamente vigente. Porque, aunque han pasado los años, la preocupación continúa: la infancia juega menos, o al menos juega menos de forma libre, espontánea y autodirigida.

No es que hayan desaparecido los juguetes o las actividades infantiles. De hecho, quizá ocurre lo contrario: hay muchas propuestas, muchas pantallas, muchas extraescolares y muchas personas adultas organizando el tiempo infantil.

Pero el juego libre es otra cosa.

Es el juego que nace de la propia iniciativa infantil. El que no tiene una finalidad productiva inmediata. El que no se evalúa. El que no está diseñado para estimular una competencia concreta. El que permite inventar una historia, construir una cabaña, perseguirse, esconderse, trepar, aburrirse un poco y descubrir qué aparece después.

Y ese tipo de juego importa mucho.

Jugar no es perder el tiempo

Durante mucho tiempo hemos tratado el juego como si fuera lo contrario de aprender. Como si primero vinieran las cosas importantes —estudiar, atender, producir, avanzar— y después, si queda tiempo, jugar.

Sin embargo, el juego es una de las formas más profundas que tiene la infancia de aprender y organizarse por dentro.

A través del juego, niñas y niños exploran el mundo, prueban límites, negocian reglas, resuelven conflictos, expresan emociones y construyen relación. En el juego simbólico pueden poner fuera aquello que todavía no pueden explicar con palabras. En el juego corporal regulan tensión, descubren capacidades y ajustan su sistema nervioso.

Desde una mirada clínica, esto es fundamental: el juego no solo entretiene. También regula, vincula, ordena y repara.

Por qué juega menos la infancia

El declive del juego libre no tiene una sola causa. Es el resultado de muchos cambios que se han ido acumulando.

Influye la presión académica temprana, que empuja a niñas y niños a sentarse, producir, atender y responder a expectativas adultas cada vez antes.

Influye también el aumento del tiempo de pantallas, no porque todo lo digital sea negativo, sino porque el tiempo infantil es limitado. Cuando una pantalla ocupa muchas horas, desplaza otras experiencias: movimiento, juego simbólico, conversación, aburrimiento creativo, naturaleza y juego compartido.

A esto se suma la sobreprogramación. Muchas criaturas encadenan colegio, extraescolares, deberes, terapias, refuerzos y actividades organizadas. Algunas de estas propuestas pueden ser valiosas, claro. Pero cuando todo el tiempo está ocupado, desaparece algo esencial: el tiempo vacío. Y muchas veces el juego nace precisamente ahí.

También pesa una cultura adulta cada vez más preocupada por el riesgo. Queremos proteger, y eso es necesario. Pero a veces confundimos cuidar con controlar en exceso. La infancia necesita seguridad, pero también margen para probar, equivocarse, ajustar, medir sus fuerzas y sentirse capaz.

Qué se pierde cuando se reduce el juego libre

Cuando el juego libre se reduce, no desaparece solo una forma de ocio. Se empobrecen muchas oportunidades de desarrollo.

Se pierden ocasiones de practicar autonomía, autorregulación y tolerancia a la frustración. Se pierden experiencias para negociar, liderar, seguir, reparar y resolver conflictos. Se pierde movimiento, creatividad, cuerpo, contacto con el entorno y una vía natural para elaborar emociones.

A menos juego mayor ansiedad y depresión en etapas del desarrollo posteriores.

La literatura científica lleva años señalando la relación entre juego libre, salud mental, desarrollo social, funciones ejecutivas, resiliencia y bienestar. En 2011, Peter Gray publicó un artículo muy citado sobre el declive del juego y su posible relación con el aumento del malestar psicológico en la infancia y la adolescencia. Desde entonces, muchas otras investigaciones han seguido apuntando en una dirección parecida desde la pediatría, la psicología del desarrollo, la educación, la salud pública y los derechos de infancia.

La idea de fondo se repite: el juego no es un lujo, es una necesidad evolutiva.

También sabemos que el juego al aire libre y el juego con cierto grado de riesgo razonable tienen un papel importante. Trepar, correr, saltar, explorar o alejarse un poco son experiencias en las que la infancia aprende a conocer sus límites, ajustar su conducta y desarrollar confianza corporal.

El problema no es proteger. El problema es proteger tanto que no quede espacio para crecer.

El juego también es un derecho

El juego no es solo una necesidad psicológica. Es un derecho de la infancia.

La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho al descanso, al esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas. Esto cambia mucho la mirada.

Si el juego es un derecho, no puede quedar relegado a “lo que se hace si sobra tiempo”. Necesitamos preguntarnos qué condiciones estamos creando para que la infancia pueda jugar: en casa, en la escuela, en los parques, en los barrios y en las ciudades.

¿Hay tiempo? Poco.
¿Hay espacio? Cada vez menos y más artificial.
¿Hay otras criaturas con quienes jugar? Cada vez niños y niñas creciendo más solos.
¿Hay personas adultas capaces de tolerar el ruido, el desorden, la improvisación y el pequeño riesgo? cada vez menos tolerancia al mundo infantil.

Una preocupación también presente en España

Esta preocupación no aparece solo en estudios internacionales. En España, AIJU y la Fundación Crecer Jugando han realizado estudios recientes sobre juego infantil y familias. En 2023, recogieron datos de 698 familias, lo que permite acercar este debate a nuestro contexto.

Estos datos ayudan a mirar cómo se organiza hoy el tiempo de juego, qué lugar ocupan las pantallas, cómo acompañan las familias y qué tensiones aparecen entre juego libre, consumo, espacios disponibles y rutinas cotidianas.

Porque no hablamos solo de teoría. Hablamos de lo que está pasando en nuestras casas, escuelas, patios y parques.

Juego, trauma y reparación

Para quienes trabajamos con infancia y trauma, todo esto tiene una relevancia especial.

El juego no es solo una actividad bonita o deseable. Puede ser una vía de reparación.

En niñas y niños que han vivido experiencias difíciles, el juego permite recuperar agencia. Permite transformar algo pasivamente sufrido en una escena activamente creada. Permite representar sin tener que explicarlo todo. Permite acercarse y alejarse de lo doloroso. Permite poner fuera algo que dentro pesa demasiado.

Por eso, cuando defendemos el juego libre, no estamos defendiendo únicamente una infancia más feliz. Estamos defendiendo condiciones de salud mental, desarrollo y posibilidad de elaboración emocional.

Conclusión

El declive del juego infantil no es una anécdota. Es una señal de cómo estamos organizando la vida de la infancia.

Cuando el juego libre desaparece, se empobrecen la autonomía, la creatividad, el cuerpo, la regulación emocional, la vida social y la posibilidad de elaborar experiencias.

Recuperar el juego no es volver atrás. Es mirar hacia delante con más sensibilidad.

Porque el juego no es un lujo.
No es una recompensa.
No es una pérdida de tiempo.

El juego es una necesidad del desarrollo, un derecho de la infancia y, muchas veces, una forma delicada y poderosa de reparación.


Fuentes

Gray, P. (2011). The decline of play and the rise of psychopathology in children and adolescentsAmerican Journal of Play, 3(4), 443–463.

Yogman, M., Garner, A., Hutchinson, J., Hirsh-Pasek, K., & Golinkoff, R. M. (2018). The power of play: A pediatric role in enhancing development in young childrenPediatrics, 142(3).

Brussoni, M., et al. (2015). What is the relationship between risky outdoor play and health in children? A systematic review.


Tremblay, M. S., et al. (2015). Position statement on active outdoor play.

Whitebread, D., et al. (2017). The role of play in children’s development: A review of the evidence. The LEGO Foundation.

AIJU & Fundación Crecer Jugando. (2023). Estudio sobre juego infantil en familias españolas [N = 698 familias]. AIJU / Fundación Crecer Jugando.

 

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